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ANTE LA OPINIÓN Y ANTE LA HISTORIA

EL ALMIRANTE MONTOJO

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EST. TlFOLITOGRÁFICO DE LOS cSuCBSORSS DE RiVADENBYRA»

Paseo de San Vicente, 20.— MADRID.

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C. P.

MADRID

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librería de FERNANDO FE

CAKRBRA DB SAN JBRÓZOMO, 2 1900

Bs propiedad.

AL LECTOR.

El presente libro no es una justificación, porque no la necesita el que no ha delinquido ; si de él se deduce una reivindicación moral y acaso la más com- pleta y concluyente de estos perturbados tiempoí^j dentro y fuera de nuestra Patria, obra será de los hechos que se relatan presenciados muchos por c^ autor de estas páginas, comprobados otros en forma que por nadie pueden ser desmentidos, de los do- cumentos que se copian, de cuanto constituye, en fin, la realidad de las cosas, expuesta con tal sencillez y sinceridad, que hasta se ha rehuido, cuidadosa- mente, de adornos de elocuencia y de galas retóricagf. Es tan hermosa la verdad que no necesita compos- tura.

Y, sin embargo, está la verdad tan desterrada de nuestras costumbres y nuestra vida, que, cuando al- guna vez hace una aparición momentánea entre nos- otros, la miramos como á huésped molesto que viene á interrumpirnos en el cómodo curso de las cosas es- tablecidas, ó como ima extraña, cuando no como una impostora.

YI AL LECTOR.

Y éste es el escollo único de la obra presente, que no puede dirigirse á las multitudes, á las que está vedado, por tradicional ignorancia, digna de conmi- seración, el conocimiento de la verdad, ^ ni á esas agrupaciones, dignas de desdeñosa lástima, que la conocen y la niegan; sino sólo á aquellos espíritus que saben distinguirla y sienten el noble impulso de proclamarla: con lo cual ya está dicho que este libro tendrá limitados lectores, puesto que se dirige á los escogidos y á los menos.

Ya se vé. ¡Es tan provechosa la mentira en el or- den individual, aunque sea colectivamente tan fu- nesta I Gracias á ella se conservan errores caducos, organismos fastuosos, puestos brillantes; merced á ella subsisten períodos de recortado doctrinarísmo, como el presente, en que se forman oligarquías de favorecidas castas que todo lo invaden y lo desmo- ralizan todo, explotando los medios que pone el Es- tado al servicio de los poderes públicos, como vínculo de familia y patrimonio de privilegiados; gracias á ella el favor toma puesto de merecimiento, el ruido nombre de fama, la audacia hinchada prestigios de talento, y la influencia corruptora títulos y aparien- cias de justicia ; lo extemo sustituye á lo íntimo, la forma á la esencia, la reglamentación á las leyes, lo accesorio á lo permanente, y la débil regularidad del organismo social empobrecido á las explosiones ge- nerosas de la vida ; gracias, en fin, á esas mentiras brillantes, á esos convencionalismos aparatosos y va-

AL LBOTOR. Vil

CÍ09, sobreviene la catáatroíe inevitable , que nunca aplasta á los muñidores de la farsa inicua, sino á los confiados j á los tímidos, á los crédulos y á los dis- ciplinados, á los honrados y á los sinceros.

[La catástrofe! , es decir, el hundimiento de un

pueblo que vé, de improviso, caer en el abismo, para no reaparecer jamás , su gloria pasada y su honor presente, sus triunfos, sus conquistas, su historia, su grandeza, su nombre y su porvenir; la catástrofe irredimible, inmensa, abrumadora, gigantesca, aún empequeñecida por sus degenerados é impenitentes autores , aún desfigurada por la mentira imperante, para que el cadáver no asuste con el espanto de la muerte, para disminuir, recortándola con tijeras mi- croscópicas, hasta las proporciones de la responsabi- lidad. Porque éste es el caso de nuestra Patria in- fortunada: un siglo de perennes luchas, motines, pronunciamientos, revoluciones y guerras civiles que agotaron sus fuerzas; largo abatimiento después, que vino á parar en vergonzosa decadencia; el espí- ritu nacional debatiéndose en la agonía y confor- mándose, como prolongación de su estado, con apa- riencias consoladoras que reprodujesen la imagen de la vida; y, en efecto; por todas partes el simulacro de una nación rápidamente reconstituida y descan- sando en sus energías y sus fuerzas ; leyes de liber- tad y democracia; planes de reorganización militar; decretos sobre adquisición y construcción de artille- ría moderna; empréstitos para construcción de una

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VIH AL LBGTOR.

armada poderosa; protección á la industria nacional ; fomento de arsenales y astilleros; botaduras de bar- cos; relaciones fabulosas de batallones y armamen- tos ; listas de acorazados de combate de gran poder ofensivo y defensivo ; clasificación enorgullecedora de escuadras; puertos y fuertes declarados inexpug- nables ; generales, abrumados de títulos y honores y proclamados invictos, al frente de las colonias; polí- ticos complacientes acreditados de ilustres, y gober- nantes erigidos en hombres de Estado indiscutibles, á la misma altura que Cavour y Bismarck*.... Y llegó la hora de la prueba , de las grandes pruebas de los pueblos: estalló en Cuba una insurrección, y no pudo ser reprimida ; y en vano numerosos y débiles caño- neros procuraron cerrar el paso á las expediciones y á los auxilios del Norte de América; estalló otra re- belión en Filipinas, y resultó entonces que Manila sólo estaba amparada por caducas é inútiles mura- llas, coronadas de cañones de bronce de tiempo de Carlos III ; que sólo había en el archipiélago un millar de soldados españoles ; que nuestros batallo- nes expedicionarios, resultado de sabia organización y objeto de adelantados elogios, consistían en im- provisadas unidades tácticas de jóvenes, casi niños, sin instrucción militar y sin resistencia física ; que nuestro ejército carecía de artillería moderna de tiro rápido , y que todo era vacilaciones y desorden ; y sobrevino la guerra insensata con los Estados Uni- dos, y resultó que la llamada escuadra de Filipinas

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AL LECTOR. IX

se componía de un vapor de latón, el Reina Cristina^ pontones viejos de madera sin máquina, y cañoneros de escasa importancia; que los americanos desembar- caban y conducían gruesa artillería por los campos cubanos y filipinos, empresa considerada por nos- otros como imposible ; que no existían en la bahía de Manila ni un fuerte ni una batería que merecie- ran este nombre, y que no contaba allí, por im- previsiones é incurias de la metrópoli, con torpedos ni elementos de defensa de ninguna clase; resultó, asimismo, que las otras escuadras, que constituían la mayor esperanza de los españoles , la mandada por Cervera y la de reserva á las órdenes de Cámara, no eran importantes ni fiíertes ; que á débiles cruceros se les llamaba acorazados, y á insignificantes caño- neros se les denominaba cruceros, y que ninguno te- nía artillería de grueso calibre; y que, en suma, po- seíamos tres cruceros sin protección, el Oquendo^ el Infanta María Teresa y el Vizcaya ; un crucero regular, ehCristóbal Colón^ no preparado para la lu- cha ; un barco sin protección ni espesor alguno, el Carlos F, y un solo buque de combate, el Pelayo^ acorazado de segundo orden, anticuado y sin mar- cha; y resultó, en fin, como no podía ser menos, que, á la mera aproximación de los yankees, cayó, como barrido de un soplo, todo ese aparato ficticio, todo ese mundo de talco y cartón dorado ; que algunas poblaciones de nuestro litoral, sorprendidas de es- panto, hablaron de enarbolar bandera blanca si se

X AL LIBOTOB.

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acercaba la escuadra de Watson; que la paz ge impuBO, pa2 despiadada y bochornosa; que alguien, en previsión de conmociones populares que no exis-' tían, lanzó la especie de las responsabilidades, y que de la desorganización de un siglo, de la decadencia común, del derroche inútil de la fortuna nacional,* de las imprevisiones y abandono de la metrópoli, del continuado engaño que sustituyó, por largos afios, las realidades deseadas con la mera apariencia de las cosas ; de la catástrofe, en fin, por tantas cau- sas solicitada y atraída, dos hombres eran los únicos culpables : un digno y desgraciado general de ejér- cito, y él infortunado cuanto heroico almirante Montojo.

Y después de la catástrofe, después del peregrino descubrimiento de los dos únicos responsables, de los dos culpables únicos de las torpezas, los errores y la decadencia de un siglo y de un pueblo ; después de impuesto el castigo de esos dos únicos autores de nuestra ruina, las cosas siguen, no como, sino peor que estaban, y no porque la fiera haya pedido más víctimas, porque no le importó poco ni mucho que las hubiera. Sigue su camino triunfal la indiferencia, que nos mata, porque nunca se va, con ejércitos de indiferentes, á la conquista de los ideales; constituí yendo la nación un territorio en riesgo, porque será la túnica de Cristo en el primer pavoroso litigio de las naciones de Europa, que todos diputan por cer-^ cano y todos temen por espantoso, lejos de imitarse

AL UgOTOB. XI

la vigorosa reorganización de PruBia después de Jena^ Austria después de Sadowa y Francia después d^ Sedán-^ejemplos todos de este siglo, y los dos últi- mos relativamente próximos, sigue sin reconsti- tuirse el ejército, y se continúa careciendo de ele- mento de guerra tan decisivo como la artillería de tiro rápido, que poseen, entre otros pueblos más po- derosos, hasta Grecia y Turquía: constituyendo la península la llave estratégica del Mediterráneo y del Atlántico, no menos que del continente africano; siendo tan dilatadas sus costas y tan codiciados sus archipiélagos de las Baleares y Canarias, en que es-» cuadras extranjeras realizan sospechosos estudios de sondeo y ejercicios de desembarco, continuamos sin buques de guerra, y hablas^, como entre insensatos, de fortificaciones terrestres que tampoco se ha-» cen, olvidando el ejemplo de la inutilidad de las formidables de la Habana, é ignorando ¡ya es ig- norar I que en la primera conflagración europea, la guerra tomará un carácter exclusivamente naval, como sucederá en casi todas las guerras modernas; hay quien pide que se eche doble llave al sepulcro del Cid, y, siguiendo el ejemplo de Bélgica, abando- nemos toda idea de fuerza y nos consagremos á fo-^ mentar y á fortalecer la instrucción, la paz y el tra- bajo, sin pensar en nuestra distinta y comprometida situación geográfica, ni en las ambiciones extrañas^ que nos imponen, como primera necesidad, la de sal- varnos; ante el espectáculo abrumador de esta Patria

AL UHTTOE.

mutilada y amenazada de mayores desdichas, aún hay quien repite, como gracia qiie tiene mucho de imbécil, y payasada que tiene mucho de fdnebre, aquella frase atribuida á un monarca funesto, de «nüirina poca y mal pagada», con la cual no hay duda que, llegado el momento, defenderemos nues- tras coatas y nuestras islas, y, lo que aún está por encima de todo, el honor nacional y el derecho á la vida: continúa siendo nuestra pésima y desorgani- zada Administración á pesar de decretos hipócri- tas que consolidan escandalosas improvisaciones, y en que son más las excepciones que las reglas, y és- tas tan elásticas que, en cualquiera forma, quedan aparentemente observadas , patrimonio de logreros y campo sin vallas abierto al nepotismo de consagra- das castas, al escalamiento de toda bastarda ambición, al festín diario de todas las medianías endiosadas, de todos los estímulos de la concupiscencia, de todos los apetitos de los prohombres al uso; la política, to- davía más empequeñecida y degenerada que antea, tocada ya de mala nota, como ciertas fáciles mujeres, sigue desenvolviéndose en los moldes corruptores de un tráfico innoble, burlador de un sistema desacre- ditado, en que los gobiernos amafian mayorías, y és- tas, á cambio de complacencias, puestos personales y credenciales para sus cohortes de paniaguados, po- nen el poder legislativo al servicio del poder ejecu- tivo, que se convierte en único, y votan tributos in- Boportablea y absurdas leyes; y sigue la anarquía

AL LBCrrOR. XIII

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funesta que nos condujo á la catástrofe; continúan alzándose las ambiciones de costumbre, reclutando incautos con el eterno banderín de enganche y la in- noble y eterna superchería que parece formar parte inseparable de nuestra vida, y que deslumhra y €Íega á las multitudes-incultas, destinadas á servir siempre, por designios ineludibles, de escabel y de pedestal á ídolos de trapo sacados de viejas guardarropías; y ofrecemos, en fin, el raro espectáculo de un pueblo, á la vez incorregible y sumiso, que sigue viviendo, como por milagro inexplicable, á merced del acaso, fuera de toda norma de civilización, fuera de los con- ceptos del derecho, fuera de los dictados de la moral y fuera de las realidades de la justicia.

Sigue viviendo, si esta agonía social puede lla- marse vida; sigue viviendo, tal vez por designios históricos, pero vejado por el. desdén de Europa, porque no puede ser respetado quien no empieza por respetarse á mismo; pueblo de tal manera decaído, en tal estado de indiferencia, desorden y anarquía del espíritu, más que inevitable y fortuita volunta- ria, no puede aspirar á regenerarse, no tiene capaci- dad ni altura para sentir en su alma los fogajes del ideal , ni en la conciencia las energías necesarias para producir esos sacudimientos de protesta que salvan á los caídos, como los sacudimientos del organismo vigoroso expulsan la enfermedad que lo postra y aniquila; para pueblos que así se abandonan y humi- llan, poco importa el valer sin la consagración de la

XXY AL LBCTOR.

fortuna, nada Tale el talento 6Ín la posición oficial, aunque á ella se ascienda dejando desgarrones de ho- nor en el camino, y nada significa el heroísmo sin la victoria. Para pueblos que así viven, y así llegan á sentir y á pensar, sólo el éxito es glorioso. ¿Cómo ha. de admirar el heroísmo ó las glorias presentes el pue- blo que llega hasta á negar las pasadas, las que aún ilustran la Patria en ecos inmortales de triunfos épi- cos, de descubrimientos asombrosos, de no igualadas conquistas, en una historia que parece leyenda y en una leyenda que parece fábula ? Son grandezas tan al- tas que, hoy, incapaces siquiera de comprenderlas, los pregoneros de negaciones absurdas, los eunucos en quienes se extingue la raza, prefieren, al legítimo orgullo de admitirlas, el voluntario oprobio de ne- garlas.

Amarga es la verdad, pero hay que decirla, so pena de merecer el dictado de agonizantes de un pue- blo moribundo; la catástrofe ha sido espantosa, pero aún lo es más la convicción de haberla merecido: mien* tras allá en el extremo Oriente sucumbía, de un solo golpe, nuestro dilatado poderío colonial; mientras nuestros hermanos combatían, sin medios y sin for- tuna, por el honor nacional , y sucumbían, en mar y tierra, sin auxilio alguno, sin esperanza de socorro, rindiendo en los altares de la Patria el holocausto más sublime, el sacrificio consciente, de su vida; mientras la escuadra, la mal llamada escuadra del valeroso Montojo, los barcos viejos é inservibles en

Á.h LBCTOR. XV

que iban á la muerte los marínoB espafiolee, se hun- dían valientemente en la bahía de Manila, de triste recordación, el negro día I ." de Majo de 1898 ; mien- tras llegaba á Espafia y ee difundía por Madrid, al eiguiente día , la infausta nueva del descontado desas- tre de aquellos hierros viejos, de aquellas tablas car- comidaa que se sepultaban en el mar dbparando sus cañones y enarbolando en lo más alto la bendita en- seña de oro y grana; mientras se extendía la noticia de la hecatombe y se contaba el número de víctimas, la muchedumbre de siempre, compuesta de todas las clases, incluso de ministros de la corona, desparra- mada por la calle de Alcalá, como inmenso hormi- guero humano, dirigíase, ebria de entusiasmo y re- bosante de alegría, á la Plaza de Toros.

Y aun esta indiferencia es lo menos culpable: no bastaba el sac4ficio inútil , el heroísmo llevado á su grado más alto, sin esperanza de ésito, sin asomo de probabilidad; era también preciso que sobre la in- evitable desgracia cayesen los fúnebres velos de la calumnia, que á los gritos de muerte del combate se mezclasen las voces de la di&mación. No había, no podía haber detalles de la tremenda lucha; pero, la misma noche, la propia muchedumbre de «pan y toros», los que lamentaron la catástrofe, lapiüialada asestada al corazón de la Patria, pidiendo caballos y voceando á los picadores en el taurino circo, dis- persándose en calles, cafés y círculos, apostro&ban las sombras de nuestros marinos muertos y el dolor

de los que BobrevÍTÍeron, apellidando torpeza y co- bardía: sí, todo el mundo lo sabia: el almirante Montojo volvió huyendo de Subic á la bahia de Ma- nila, casi seguido de Dewey; una tcz ante Cavite, apagó máquinas, echó anclas y se entregó al auefio sosegadamente; la entrada en bahía de la escuadra yankee fué una sorpresa inesperada, el combate un conjunto de torpezas, coronadas por el más grave error y la debilidad más manifiesta; no haber muerto en la lucha el general que mandaba los barcos des- truidos Así se juzgaba, así se sostenía, á grito he- rido, en todas partes, esto afirmaba el vulgo inmenso,

el vulgo de chaqueta y de levita , y, al recordar,

tamaña ligereza, al apreciar tamaños desatinos, al evocar aquel rencor sin causa, aquella condenación sin motivo, aquel sentenciar sin datos, que tanto influyeron en actos posteriores , en daños irrepara- bles, en prejuicios que, con ser tales, nunca pueden casar con la justicia, sólo se ocurre decir al bravo y pundonoroso almirante Montojo: «¡Hé ahí tus jue- ces!»

No; el presente libro no puede ser una justifica- ción; tiene un valor más alto; el de elementos para la justicia definitiva, para esa sentencia moral que, á la postre, corresponde dictar á los pueblos; el de documentos inapreciables para la Historia; ante ob- jeto tan grande, carecen de importancia los indife- rentismos de la decadencia, los apasionamientos de la ignorancia, las violencias de la envidia, los erro-

^ AL LECTOR. XVII

res del vulgo , los fallos de ocasión y las deficiencias de la justicia; poco importan los juicios de los que inventaban ó esparcían, consciente ó inconsciente- mente, esas infamantes calumnias, tan cómodas para proferidas lejos, muy lejos del peligro, muy distan- tes del débil puente de un barco inútil en que se re- ciben las granadas y el fuego de los poderosos ca- ñones enemigos en ejercicio de tiro al blanco , calcu^ lado fríamente como un negocio. Poco importa todo ello ante datos indiscutibles y documentos irrefra- gables como los que á continuación se transcriben. El general Montojo, que hizo una campaña brillan- tísima contra los insurrectos de Cavite, con previ- sión que le honra, pidió reiteradamente, antes de la guerra con la república norteamericana, elementos de defensa para el archipiélago filipino y barcos de combate; llegado el momento de la lucha y cum- pliendo acuerdos de la junta de autoridades, condujo su débil flota á Subic, cuyo puerto encontró, contra toda presunción y noticia, indefenso, y volvió á la bahía de Manila, y apoyó su escuadra en Cavite, in- terponiéndose entre la capital de las islas y el ene- migo; llegado éste, opuso sus barcos, inútiles y vie- jos, á los formidables cruceros americanos; sostuvo, con gran acierto, el desigual combate, y , siguiendo la táctica de la desesperación, de que habla Bona- mico, acometió el heroico empeño de embestir al Olimpia desde el puente de un débil cascajo, que no otra cosa era el Reina Cristina; ni un solo barco es-

AL laOTOB.

panol cayó en poder del enemigo, sinoque, destro- zados por la enorme superioridad de loa buques y la artillería yankee, se hundieron todos diaparando BUS cañonea y arbolado el pabellón de guerra; mien- tras duró el fuego enemigo, estuvo en el campo del combate; 7 al cesar éste, al ver izada, sin su conoci- miento, bandera blanca en el arsenal de Cavite, con- ferenció con el gobernador militar de la plaza, tomó las disposiciones del caso, y, herido y enfermo, fué á ocupar en Manila, amenazada de inmediato bombar- deo, su único puesto, bu puesto de honor y de peli- gro. Si todo esto se ha reconocido en el proceso; en la misma sentencia se proclaman su acierto y au heroísmo en el combate; si no h& &Itado á ningún deber militar, aíno que todos 1ob_ ha excedido, ¿por qué ruin minucia se le condena?

£1 almirante Montojo es, pues, una víctima de antemano designada, victima arrojada de antemano, para debilitar bu prestigio, en larga prisión indeco- rosa; no necesita reivindicarse, está reivindicado; honra sería, más que para él, para cualquier poder, y beneficio para la Armada española, reintegrarlo en BU puesto de la escala activa; semejante acto sería un tributo á la verdad, debida satisfácdón de un agravio, y una justi^cación de la justicia Nada más, por- que el heroico marino está rehabilitado ante su con- ciencia, como lo estará mañana ante la Historia.

Pero, dejando á un lado ese acto reparador, tan imperioso para aquellos espíritus que sufren y sien-

. I

AL LBCTOSt. XIX

ten y á un tiemf>o, las tristezas nacionales, las nos- talgias de la equidad y la sed de las supremas justi- cias, como antes se expresa, tiene este libro aspiración más alta; en medio de las miserias que ítem rodean y las agonfas que nos acechan ; aparte de las' mu- chedumbres incultas y movedizas que juzgan por impresión irreflexiva y por igual extreman el aplauso y la censura y hasta el culpable olvido, vive un mundo intelectual de hombres ilustrados y rectos, que, si no dirigen la opinión, puede decirse que la forman; y el silencio de todos los que poseemos da- tos copiosos y podemos ofrecerlos, como elementos de juicio, ante esa opinión reducida, pero respetable y sana, podría parecer criminal ó cobarde aquiescen- cia; no pueden llegar á tanto el temor y el egoísmo, si los sintiera, como tantos otros, el que traza estas líneas, cuyo modesto nombre se hará público en momento oportuno.

No es posible suponer, por muy atropellado que sea el movimiento de regresión á tristes estados que pasaron, que España escriba sobre la frente de sus mejores hijos la terrible sentencia de tiempos de primitiva rudeza: Una salus victis^ nullam aperare saliUem; por muy honda que sea la actual é innega- ble decadencia; por mucho que se dude, en estos momentos, de la vitalidad de nuestra raza, de su entusiasmo por lo grande, de su amor por la gloria, de su apasionamiento por las virtudes viriles, de su admiración por los actos de legendaria bravura, de

8U respeto al infortunio inmerecido y al vencimiento fortuito, pero gloriosoj de los que han caído como en Tra&lgar, y han seguido prefiriendo, como en el Callao, honra sin barcos á barcos sin honra; por muy borradoB que ae consideren esos sentimientos enno- hlecedores, no puede admitirse que se llegue á un extremo inconcebible y, de existir, irreparable: al olvido de la justicia, al menosprecio del cumplido deber y á la condenación del heroísmo.

Sólo loe pueblos que los enaltecen saben enalte^ cerse á miamos, y, si han caído, redimirse y sal- varse.

CONTRALMIRANTE D. PATRICIO MONTOJO

CAPITULO PRIMERO

Bb nombrado el almirante Montojo comandante general de Marina de Filipinas. Recuerdos y cambios ocurridos desde la primera yez que fué á Manila. La masonería, el Katipnnan y el P. Gil. Ex- traña incredulidad y confianza del general Blanco. '

En los primeros días de Noviembre de 1896 se hallaba destinado el contralmirante Montojo en el Ministerio de Marina^ con el cargo de Director del Material, cuando fué llamado por el vicealmirante Beránger al despacho de éste, que era entonces Mi- nistro.

Prepárese usted para ir á Manila, en relevo de Carlos Roca,-le dijo Beráiíger, sin más prepara- ción.

Sorprendióse Montojo al oir este anuncio inespe- rado y manifestó al Ministro su extrañeza, hacién- dole presente que no estando cumplido el contral- mirante Carlos Roca de los dos años de mando del apostadero de Filipinas (que era el período regla- mentario), le repugnaba ir á relevar á un compañero antes de la época natural , que no seria hasta Marzo de 1897,

2 ANTE LA OPINIÓN Y ANTE LA HISTORIA

El vicealmirante Beránger, contrariado por la dificultad razonable que oponía Montojo á su orden, le replicó con la acritud propia de su carácter vio- lento:

Le advierto é usted que el relevo de Carlos Roca es por acuerdo del Consejo de Ministros, á causa de su comportamiento con el general Blanco. El mismo Arzobispo de Manila, á pesar de ser amigo suyo, ha escrito quejándose de él, y yo he propuesto á usted por considerarlo á propósito para el cargo, acordándome además de que deseaba usted ir á .Fi- lipinas.

No niego que he indicado á usted repuso Montojo, que aspiraba á relevar á Carlos Roca; pero no antes de que éste cumpliera los dos años reglamentarios.

I Ah I Lo que usted quiere es ir descansada- mente á Manila cuando le convenga. Piense usted lo que hace, porque ya le he dicho que Carlos Roca tiene que ser relevado.

Ruego á usted me conceda un plazo de veinti- cuatro horas para decidirme.

Ni ima hora replicó airado el Ministro; y añadió, dirigiéndose al Secretario: Que se retire de la cartera el decreto y que no se ninguna noticia á la prensa.....

El contralmirante Montojo se retiró del despacho^ del Ministro y se fué al suyo propio, disgustado Gon lo ocurrido , por la forma inusitada , sobre todoí oon»

EL ALMIBANTB MONTOJO.

que el Ministro había tratado un asunto de tanta gravedad, pareciéndole, además, que no podía haber motivos suficientemente justificados para quitar el destino á un general de quien las correspondencias recibidas de Manila hacían elogios, lo mismo que del general Echaluce, mientras que, por el contrario, se desataban en agrias censuras contra el general Blanco, cuya destitución se pedía. ¿Por qué se sacri- ficaba al general de Marina? ¿ Por qué no lo defen- día BU jefe, el vicealmirante Beránger, imitando la actitud del Ministro déla Guerra? Fué interrumpido Montojo en sus reflexiones por el Secretario militar y por dos oficiales allegados como aquél al Ministro, los cuales le aconsejaron que aceptase el puesto de Comandante general de Marina de Filipinas, teniendo presente principalmente que su negativa no podría menos de ser interpretada en un sentido desfavorable á su persona, en aquellos críticos momentos en que se hallaba en rebelión la provincia de Cavite y re- vueltas otras comarcas próximas á la capital. El Secretario militar tomó la palabra con la autoridad y la confianza que le daba su antigua amistad con Montojo, y le instó á que no perdiera tiempo en cavilaciones inútiles.

No cabía la menor duda que la renuncia de un puesto de honor en aquellas difíciles circunstancias; se tomaría como un acto de poltronería, por lo me- nos; así, pues, convencido Montojo de que aqüellber' sefibres le aconsejaban bien, les dijo:

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Voy ahora mismo á ver al Ministro y le diré que estoy dispuesto á ir á Manila, según desea.

Haces perfectamente repuso el Secretario militar , y lo mismo repitieron los otros dos allí presentes.

Hallándose de nuevo en el despacho del Ministro, dijo á éste Montojo:

Estoy dispuesto á marchar á Manila , y vengo sin más tardanza á decírselo á usted.

Me alegro le contestó Beránger, sin desarru- gar el entrecejo , pero sepa usted que, si hubiera persistido en su negativa, habría quedado en muy mala opinión.

Ya lo repuso Montojo, y eso es lo que me ha decidido.

Hubiera sido un mal para los dos ; porque nadie habría aprobado á usted su conducta en esta ocasión, y debo confesarle, en cambio, que á me costaba la cartera.

Y luego, dirigiéndose al Secretario, dispuso el Mi- nistro que volviera á prepararse el decreto para la firma de S. M., y quedó terminado el incidente, después de encargar á Montojo que no demorase su salida de la Península.

El 21 de Noviembre cesó en el cargo de Director del Material, y recibidas las instrucciones que de palabra le dio su jefe el vicealmirante Beránger (que ya se mostró con él más humano y atento), fué al Real Palacio á dar las gracias á S. M. por

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haberse dignado aprobar su nombramiento y á des- pedirse al propio tiempo, oyendo de los labios de la augusta señora frases de afecto y de agrado.

Se despidió igualmente de los Ministros de Ultra- mar y de la Guerra, así como del Presidente del Consejo.

Al primero , D. Tomás Castellano , le dijo lo con- veniente que sería que el cable amarrado en el Cabo Bolinao (de Luzón) se amarrase en Manila, donde lo tuviese á su disposición inmediata el Gobernador general, sin temor de que no pudiera utilizarse si alguna partida cortara el telégrafo terrestre y aun que se apoderaran los insurrectos de la caseta del cable, hecho que no sólo acarrearía la incomunica- ción con la metrópoli , sino que podría ocasionar al- gún conflicto internacional, por ser ingleses los em- pleados del cable submarino.

El Sr. Castellano ofreció ocuparse con sumo inte- rés de tan importante asunto y ponerse de acuerdo con el Ministro de Marina para que un buque de guerra protegiese por mar la caseta del cable, mien- tras que por tierra lo hacía un destacamento de ca- zadores.

El general Azcárraga le confirmó lo dicho por Castellano, y el Sr. Cánovas del Castillo, contes- tando á la petición que le hizo Montojo de más bu- ques de guerra, y, si podía ser, alguno de combate, le dijo que ya había pensado en ello , que el transporte Álava , recién construido en Inglaterra , saldría muy

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pronto para Manila, siguiéndole los cruceros prote- gidos Isla de Cvha é Isla de Luzón , probablemente.

El contralmirante Montojo observó respetuosa^ píente al Presidente, que estos dos buques (llamados pomposamente cruceros) no serian gran auxilio á las fuerzas navales de Filipinas, á lo que replicó Cá- novas que Beránger le había asegurado que eran muy útiles, y como tenían cubierta protectriz, servían más que otros mayores para la guerra. Por otra parte, añadió aquel hombre de Estado, si bien el Japón puede inspirar temores , por ahora no hay que pre- ocuparse de ello, y en cuanto á las demás potencias^ jcon todas nos hallamos en cordiales relaciones.

No insistió más Montojo, saliendo de la Presiden- cia poco satisfecho del aumento que iban á tener las fuerzas que debía mandar, reducido á dos pequeños buques de dudosa utilidad y á un transporte media- no. Ciertamente, por el momento, nada hacía temer una guerra con el extranjero ; pero hallándose el Ar- chipiélago filipino á 3.000 leguas de la Península, ¿ no era prudente situar en él una escuadra respeta- ble, en previsión de las eventualidades del porvenir?

No se podía entonces profetizar lo que aconteció después ; pero, como Montojo, veían ¿luchos, algo así como negros nubarrones que amenazaban convertirse en una terrible borrasca. No existía ya aquella tran- quilidad que se disfi'utaba tiempos atrás en Filipi- pas. Los indios no inspiraban confianza como antes. La humildad que afectaban respecto á los europeos

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«ra aparente, ocultando un odio contra los castilas^ explotado por los corifeos de la insurrección, más ó menos encubiertos, que aspiraban á verse libres toda tutela y á gobernarse con independencia, po- niendo en práctica sus ideales utópicos los más , ha- ciendo responsables á todos los españoles de las faltas cometidas por algunos, debidas, por desgracia, á desacertada elección del Gobierno de la metrópoli para los destinos de Ultramar.

A propósito del estado insurreccional de Filipinas publicó el contralmirante Montojo en El Liberal del 23 de Noviembre, á ruego del Director de aquel importante diario, un artículo bajo el epígrafe de Recuerdos de Filipinas^ que formaba parte de una escogida colección de escritos debidos á las plumas de Castelar, Balaguer, Obispo Martínez Vigil, Primo de Rivera y otros distinguidos y eminentes literatos, historiadores, generales y altos funcionarios.

Decía así el artículo de Montojo:.

<tHan transcurrido ya treinta y seis años desde que por primera vez fui al Archipiélago descubierto por Magallanes.

D Aun no había sido cortado el istmo de Suez. ^ 3) Los viajes á Manila se hacían, generalmente, par- tiendo de Cádiz en buques de vela, empleando en la navegación seis meses, poco más ó menos.

5)Era la tarde del 5 de Diciembre de 1860. Después de desembarcar por el arsenal de Cavite, me hallaba

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con varios compañeros en el istmo que separa la ciu- dad de los pueblos de San Roque, Caridad, la Están- zuela y Cañacao.

))Por la Puerta Vaga (Nueva) salían en tropel los operarios del Arsenal y las cigarreras de la Fábrica de tabacos del Estado.

»Los primeros, al pasar por nuestro lado, saluda- ban respetuosos.

))Las mujeres, indias las más, y algunas mestizas, marchaban, moviendo acompasadamente los brazos, con arrogante apostura , el pelo negro suelto y flo- tante por su espalda, dejando á su paso un perfume acre de tabaco y aceite de coco rancio.

}!>Sus ojos negros nos miraban provocativos ; una sonrisa un tanto burlona entreabría sus labios , y en toda su actitud parecían demostrar que conocían el dominio que podían ejercer sobre nosotros.

dSu falda de algodón de vivos colores, imperando el rojo y amarillo á franjas; su talle ceñido por el tapis de seda obscura ; su camisa de pina transpa- rente, que apenas llegaba á la cintura, dejando ver sus mal cubiertas formas al levantarse á impulsos del aire en movimiento ; todo en ellas era inéitante, á pesar de su color atezado y de la poca regularidad de sus facciones.

2> Hombres y mujeres dejaban oir un monótono chancleteo mientras hablaban con animación en el idioma tagalog^ mezclando palabras y aun frases en- teras de mal castellano.

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>De repente, el tañido de la campana de la iglesia de Puerta Yaga llama á los fieles á la oración de An- gdua.

»Como movidos por un resorte, se detienen todos; cesan las conversaciones y las risas ; vuelven sus ros- tros 7 dirigen sus miradas al templo; se persignan rápidamente y rezan con recogimiento por breves instantes.

^De nuevo emprenden su marcha con mayor alga- zara que antes, y se pierden á lo lejos, diseminándose por las calles de San Roque.

* * *

Volví á Manila veintisiete años después.

i^Me hallaba en Cavite, en el mismo paraje citado arriba, una tarde de Mayo de 1887.

))Por la Puerta Vaga iban saliendo los operarios del Arsenal, pero apenas saludaba al pasar uno que otro. Ya no se advertía en ellos aquel aire respetuoso antiguo ; en cambio, un recelo hipócrita se retrataba en sus semblantes.

2>Las alegres y voluptuosas cigarreras habían des- aparecido de aquella animada escena.

»La Fábrica ya no existía.

i>El tañido de la campana llama á la oración, como siempre ; pero aquel presuroso y automático recogi- miento, aquella religiosidad sencilla no se ven ya.

2>Con el transcurso de los años habíase verificado

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una honda perturbación en las costumbres y en el modo de ser de los naturales de las Filipinas.

* *

» Reformas imprudentes y prematuras habían hecho creer al indio que era tanto como el castila^ olvidando todos los beneficios que debía á la suave dominación española, que lo había libertado de la odiosa esclavi- tud del malayo mahometano y de la tiranía del insa- ciable chino.

D Antes pagaba dócilmente el tributo, sin sospechar que fuese injusto en su aplicación, por el concepto de raza y de dominio.

}) Después, la cédula personal, la participación de cargos y destinos en